"YO PARA TÍ, PARA MÍ TÚ" - (Voz y letra de Geles Calderón)

"¡QUÉ IMPORTA!" - (Voz y letra de Geles Calderón)

"SONETO DEL AÑIL RECUERDO" - (Letra de Geles Calderón - Voz de Miki)

"NO ME IMPORTAS" - (Letra de Geles Calderón - Voz de Miki)

"¡QUIÉN SABE!" - Poema de Geles Calderón - voz: Bea Salas

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28 de agosto de 2011

"RAÍDA ORFANDAD (...por si molestaba)" autora: Geles Calderón



“RAÍDA ORFANDAD (...por si molestaba)"

I/
Nadie notó el quejido del desconcierto de la niña ante la repentina ausencia de la persona eje y punto de referencia de su existencia, ser que a pesar de sus frecuentes convalecencias, saciaba la sed de cariño que precisaba, el que llenaba de fantasía su inocente edad, el que la escuchaba y protegía, el que ‘siempre estaba’…, su padre.
Sólo tenía tres años de edad. Nadie imaginaba, ni se preocupaba u ocupaba en interesarse por lo que aquella criatura pasaba, pues su corta edad no la impedía captar la tragedia que sucedía aquel 21 de Febrero en su casa y ante sus infantiles ojos, se desarrollaba. Todos la creían ausente, pero… se equivocaban. La niña de ojos grandes color oliva, de todo se enteraba, siempre fue así aunque los demás ni se lo imaginaban.

Era un día frío, invernal, gris, apagado. La puerta de la calle permanecía abierta, no cesaba de entrar y de salir gente. Ella permanecía entretenida, aparentemente, con una prima de su madre en el interior de la gran cocina que hacía a la vez de comedor y taller de invierno cuando la salud de su padre le permitía trabajar en sus tallas, al calor del fuego de leña. Pero la niña estaba inquieta, no se centraba en los juegos, tantas visitas que entraban y salían con prisas con gestos serios y las palabras entrecortadas, la desconcertaban.

Iban y venían por el largo pasillo que llevaba a los dormitorios…, “-¿papá?, no he visto a papá en días… -pensó la niña extrañada-… seguramente necesita de más papeles cortados a una cuarta para su tos, yo soy la encargada de que nunca le falten colgados del clavo que hay en la pared junto a su cama.”
La prima de su madre siempre que iba a visitarles jugaba con ella a un juego que consistía en sentarla sobre sus rodillas y balancearla hacia atrás y delante al tiempo que la cantaba la canción de “Aserrín, aserrar, maderitos de San Juan…”, y eso la daba mucha risa a la pequeña, pero ese día no funcionaba, no había risas, la mujer cantaba con lágrimas.
No había duda, algo no iba bien, algo pasaba y la niña se propuso averiguarlo: “-¿Qué pasa?, ¿por qué viene tanta gente?, ¿qué quieren?... ¿Dónde está mi papá?”. No obtuvo respuesta, y el llanto de la pariente se acentuó. En ese momento escapó de los brazos de ella y corriendo entre las personas que ocupaban el largo pasillo y que intentaban detenerla, consiguió llegar frente a la puerta abierta del dormitorio donde por un instante pudo verle “dormido” antes de que los brazos de la prima la alcanzara y llevara de nuevo hasta la cocina tirando de ella mientras la niña le preguntaba: "-¿Por qué hay tanta gente viendo dormir a papá?" Por respuesta obtuvo un silencioso y apretado abrazo contra su pecho que la niña no supo interpretar pero que la hizo enmudecer para el resto del día. Nunca más volvió a ver a su padre, salvo en una fotografía ovalada y enmarcada, alojada en una cruz de mármol sobre una tumba del cementerio que visitaba, de la mano de su madre, cada domingo durante años.
Niña de sonrisa rota, vestida de riguroso luto desde el lazo de su pelo... hasta el calzado que la calzaba.

II/
A los seis años de edad era tiempo de empezar a ir al colegio, así que unos meses antes, una amiga de su madre la enseñó a escribir y leer las vocales para que la niña fuera un poco adelantada cuando ingresara ‘mediopensionista’ en aquel colegio de monjas. Éstas le hacían el favor de admitirle llevar al comedor la tartera con la comida de casa, porque así le salía más barato a su madre, pero esa y otras distinciones la niña las pagaría muy caras… de otra manera. Las compañeras se encargaban de hacerle notar que ella era diferente:
-Diferente… en la comida de un solo plato de pobre tartera.
-Diferente… en el uniforme que, al no poder pagar el oficial, se lo había confeccionado su madre de tejido barato muy diferente al que vendían en el Centro Escolar.
-Diferente… el abrigo en hechura, paño y botones, heredado de su hermano y que una vez teñido de azul marino, la niña se vio obligada a usar.
-Diferente… la vieja cartera, también heredada.
-Diferente… el traje de su Primera Comunión del oficial para poder comulgar junto a todas las compañeras de clase el día indicado por las religiosas del colegio, porque su madre prefirió confeccionárselo ella con tela y diseño diferente, y la rechazaron negándole la comunión por esa distinción.
-Diferente… en el medio de transporte que por ahorrar unas monedas, a veces, su madre utilizaba para llevarla hasta la misma puerta del Colegio, ya que éste se encontraba a kilómetros de casa, llevándola en el remolque que tirado por un burro, su madre arreaba. Y después de que las niñas que la veían se burlaran, esas mismas se encargaban de que todo el colegio se enterara.
-Diferente… porque todas hablaban de sus padres y a la salida del colegio las esperaban.
-Diferente… porque mientras las demás niñas corrían, saltaban a la comba, jugaban y gritaban e incluso exigían a sus madres caprichos de golosinas, ella sólo observaba y callaba… por si molestaba.



















Diferencias que a esa escasa edad, tanto importaban y tanto daño hacen en una niña sin referencias de apoyo o de refugio en un abrazo a tiempo, o un consuelo oportuno y necesario. Todo esto, apoyado además por el castigo eventual que las religiosas ejercían de encerrarla en un cuarto oscuro acristalado para que todo el colegio la viera, que había debajo de la escalinata en la gran sala de la entrada principal del centro escolar, por donde todas pasaban para irse con sus familias, y que alguna monja poco caritativa ejercía contra ella cada vez que no quería jugar en el patio a la hora del recreo, cosa que era obligatorio hacer, pero que al captar el rechazo de sus compañeras -por pobre- ella lo evitaba y se refugiaba en los fregaderos donde a veces había una monja lavandera siempre sonriente que la dejaba estar con ella mientras lavaba toda la ropa del Convento, a la pequeña le gustaba su compañía y el olor de aquel jabón, allí permanecía hasta el final de la hora del recreo. Esta actitud le era recriminada a aquella dulce y cariñosa monja de manos rojas de tanto frotar coladas y coladas, y lo hacían delante de la niña que no jugaba. Y como la pequeña se sentía culpable, dejó de ir a verla y sólo la miraba a través de un cristal que daba a un rincón del patio, y a veces simulaba jugar para evitar que la castigaran.
Así se había ido tragando la carencia de afectos y cuidados, para satisfacer a los demás y tenerlos contentos, siendo consciente de que de ella se habían olvidado. Y así aprendió a cuidar de sí misma asumiendo que lo que padecía, a nadie le importaba.

III/
Niña de elegidas compañías, la que poco hablaba por si molestaba, y por lo tanto, en todo se fijaba, todo llamaba su atención, todo lo observaba. Sufría más que disfrutaba la actitud de los mayores que debían de cuidar y velar por su desarrollo físico, mental y espiritual, pero que de todo ello se olvidaban.
Muchas cosas la ocurrieron. Narraré sólo algunas, porque ya es tiempo de narrarlas:


1ª/ - OLVIDADA

A la edad de seis años fue ‘olvidada’ en el centro de su ciudad natal cuando se detuvo a mirar un escaparate. Quien la acompañaba continuó caminando y cuando la echó en falta no retrocedió para buscarla. Y allí seguía ella con sus naricillas pegadas en el cristal que la separaba de los juguetes que tras él se mostraban. Cuando quiso reanudar sus pasos se encontró sola, sin saber hacia qué dirección caminar. La niña pensó y decidió dirigir sus pasos hacia la Plaza Mayor, lugar donde cada día, al salir del colegio, subía con su hermano -cuatro años mayor-  al autobús que les llevaba a casa. Una vez allí, buscó la parada con la esperanza de encontrarle allí, pero no estaba.
Sin dinero para pagarse el billete, sin nadie a quien recurrir, sola y desamparada, la niña decidió que la única salida era esperar allí hasta el día siguiente hasta que apareciera su hermano para volver al colegio, como cada día. Entonces ella se iría con él. Sí, eso sería lo más razonable, pensó, segura de que nadie se daría cuenta de su ausencia, pues a su madre la veía poco porque siempre estaba muy ocupada trabajando para sacar la familia adelante. Al día siguiente todo seguiría normal, como si nada hubiera pasado, total… ¿quién la iba a echar de menos?
Al anochecer, ella fue la que oteó a una hermana de su madre que la estaba buscando al otro lado de la Plaza. La niña enseguida la llamó a gritos y corrió a su encuentro tratando de evitar que adivinara el terror que ya estaba empezando a sentir al ver que anochecía y nadie la encontraba, pero silenció ese miedo… por si molestaba.

2ª/ - ABUSADA

Desde que a los tres años de edad se quedó sin padre, perdió la reseña del auténtico cariño, el cariño que a ella le llegaba, sin el cuál podía ser manipulada en lo que era ‘lo adecuado’ en demostrar afectos. Así ocurrió lo que no debería pasarle a ningún menor, fuera o dentro del ámbito familiar.
La niña tenía siete años cuando comenzó a sufrir abusos sexuales realizados por la pareja de una pariente que solía acudir, junto a más personas, a casa algunos fines de semana de verano, cuando la madre les invitaba a cenar al fresco del gran patio donde preparaba una larga mesa llena de comida y bebida para pasar unas horas agradables de amenas charlas. Y así fue como aquel hombre, amparándose en el cariño que la tenía, comenzó, con juegos primero, complicidad después, y sutiles amenazas al final, a abusar de la hija de la viuda a lo largo de dos años, hasta que por motivos de trabajo, la madre decidió trasladarse de ciudad de residencia.
Y con la niña, se fue el secreto de aquellos ‘juegos’, haciéndose el propósito de nunca más quererlos recordar.


3ª/ - DENUNCIADA

Ya, en la nueva ciudad, el desamparo y soledad antiguos se incrementaron, si cabe, otro poco más.
La niña con diez años, ya no tenía casa, vivía en una habitación de alquiler sin ventana y con una cortina por puerta que la separaba del salón donde otros inquilinos permanecían en similares circunstancias. Allí vivía junto a su madre y hermano, y dormía en una colchoneta tirada sobre el suelo porque en la habitación sólo había una cama y sitio para las dos maletas heredadas. El aseo único y sin ducha, que había en el patio interior de la Corrala, era compartido con los vecinos de las demás plantas del edificio, si previamente pedían la llave a la casera que les alquiló la habitación y sólo durante un horario diurno, por la noche permanecía cerrado, lo cuál conllevaba muchas dificultades para poder hacer uso de él cuando una urgencia les apremiaba.
En unos días pasaría unas exigentes pruebas para ser admitida en un Colegio regido por militares del régimen franquista, sólo para chicas sin recursos, ubicado en la arteria principal de la capital de España.
Más de cinco kilómetros la separaban de casa. La pequeña subía cada día, en aquella ciudad extraña, a un autobús que la trasladaba hasta el Centro Escolar. A mediodía permanecía allí y comía las lentejas recalentadas que casi siempre le preparaba su madre, con permiso de la casera para usar su cocina, días anteriores para varias jornadas. Harta la niña de comer siempre lo mismo, a veces madrugaba un poco más y se iba y venía caminando hasta el colegio para ahorrar el importe del billete y así poder comprarse una barra de pan tierno y una tableta de chocolate para comer a mediodía, y así permanecía hasta el final de la tarde en que llegaba a la habitación alquilada deseosa de encontrar algo más que llevarse a la boca, aunque a veces nada más hallaba. Sólo la colchoneta tirada en el suelo la esperaba, porque su madre siempre trabajaba y su hermano a penas le veía por la casa, él era mayor y salía a la calle o al cine... olvidando que tenía una pequeña hermana.
Pero de la boca de la niña nunca salió una queja, ni una palabra de disgusto o reproche a su madre, porque comprendía que ella estaba muy ocupada. Nunca expresó su angustia, sólo callaba… por si molestaba.

Durante dos años cambiaron hasta tres veces más de residencia de alquiler, hasta que los eventuales trabajos de la madre se estabilizaron y le facilitó pagar el alquiler de un pequeño piso para los tres. Recobraron un poco la dignidad y paz. Cada uno dormía en una cama, bueno, no exactamente, porque la niña ahora dormía en un viejo diván de tapicería desgastada que alguien les regaló y que hacía las veces de sofá por el día, y cama por la noche.
Poco duró aquella paz.
Una noche, poco después de las doce, alguien llamó con urgencia al timbre de la puerta de la casa. Los tres dormían. Un enviado entregaba a la madre una citación para que su hija de doce años acudiera al día siguiente a declarar en dependencias de la comisaría de la seguridad y orden público de La Puerta del Sol, por una denuncia de ‘escándalo público’. La madre, después de cerrar la puerta, con el papel en la mano y llena de desconcierto y de ira, incapaz de pensar, despertó a la niña a golpes y gritos exigiendo una explicación. La pequeña no entendía el significado de esas palabras que su madre con lágrimas de rabia en los ojos no dejaba de repetir: “escándalo público, escándalo público…!!”. Ahora eran las dos ya las que lloraban: la madre de vergüenza por el significado de esas dos palabras... La hija de dolor físico y moral, de humillación e impotencia por no permitírsele explicar ni preguntar, soportando los golpes que la despertaron, durante el tiempo que la duraron las energías a su madre. Luego, rompiendo la orden de no levantarle la voz, la niña se vio obligada a hacerse escuchar gritándole ella también, pidiendo que la dejara leer el documento y saber de qué se trataba, mientras su madre no paraba de quejarse de su mala suerte; de la vergüenza al qué dirán; del disgusto que la niña le acababa de dar, y que ella no se merecía eso; de que su hija era diferente al resto de la familia, etc.
Al leer aquel papel, la pequeña entendió que alguien había denunciado a un fotógrafo conocido de una chica del colegio, el cuál tenía un estudio fotográfico en un edificio de la Gran Vía muy próximo al colegio, y que se dedicaba a invitar a niñas a hacerse fotografías gratis disfrazadas con trajes de actrices, entre las cuales estaban algunas compañeras de clase, las cuales le habían llevado a ella un día para conocerle y hacerlas fotos gratis, pero la niña no quiso disfrazarse, no le pareció ‘normal’, pero sí posó en una junto a sus otras tres amigas disfrazadas, ella sólo se subió un poco la falda por encima de la rodilla mientras en la otra mano el fotógrafo le colocaba una larga boquilla de vampiresa, y después las dijo que sonrieran todas y empezó a disparar su cámara de fotos, haciéndolas sentir como actrices famosas, lo cuál a las pequeñas las hacía sentir mayores e importantes.
Al día siguiente acudió a la citación, acompañada de su adolescente hermano porque su madre no podía acompañarla, a las dependencias policíacas para someterse a un interrogatorio bajo la atenta mirada de cuatro agentes vestidos de paisano y otro militar con muchos galones colgados de su solapa que al momento reconoció como el Jefe de Estudios de su colegio.

4ª/ - OBLIGADA

Año y medio después de aquel incidente, a pocas semanas de cumplir los catorce años de edad, la madre de la preadolescente le comunicó que tenía que abandonar los estudios porque una tía soltera que residía temporalmente en Suiza, estaba embarazada y vendría en primavera a parir en España para inmediatamente regresar de nuevo a aquel país... sin el bebé. No había opción: La niña acudiría al hospital con la tía parturienta para que fuera ‘aprendiendo’ todo lo relacionado con la maternidad, y ese mismo día del nacimiento, el bebé sería bautizado en la capilla que había cruzando la calle, siendo ella la madrina y desde ese mismo momento RESPONSABLE del recién nacido. La justificación que le argumentaba, era que la madre no podía cuidar de su hijo porque trabajaba, y “alguien” tenía que hacerse cargo de él, y nadie mejor que su prima. No se consultó con ella, no se pensó en las consecuencias de haber abandonado los estudios recién iniciados, no se tubo en cuenta que era una niña y por lo tanto inmadura para tan grave responsabilidad… En resumen: no se valoró nada de lo que se debió valorar.
Cinco años estuvo criando y cuidando, como si de su hijo fuera, a aquel niño al que la niña tanto quería y él a ella, al tiempo que a la abuela enferma de Parkinson cuando venía largas temporadas a la casa, o el abuelo, o la tía-abuela del pueblo..., todo le era encomendado ya que... la niña era la que estaba en casa. Además y por si fuera poco, la madre de la pequeña la buscaba trabajos extras para hacer en casa y así ayudar a alimentar al pequeño, sin importar si era fin de semana, invierno o primavera.
La niña lloraba a solas lamentando en silencio verse obligada a sacrificar estudios, adolescencia, libertad, juventud, futuro, sueños, vida..., por atender los deberes impuestos por la familia, y que ella realizaba dándolo todo sin quejas… por si molestaba.

IV/
- Tres veces la asaltaron con agresión y amenazas.
- Tres veces se perdió por calles desconocidas cuando a su casa regresaba.
- Tres veces forzaron la cerradura de la puerta de su casa, y una noche alguien entró cuando estaba sola con el bebé durmiendo mientras su madre y hermano... veraneaban.
- Tres veces se desmayó cayendo al suelo derrumbada, entre los doce y dieciocho años, cuando nadie la acompañaba.
- Tres veces se enamoró viéndose obligada a renunciar al amor por las obligaciones que el niño precisaba, soportando las sospechas e indirectas de estar ocultando su maternidad sobre aquel bebé... que tan bien cuidaba.
- Tres veces lamentó haber nacido al sentirse… tan olvidada.
Así fue como la hija de la viuda creció tragándose sus disgustos para satisfacer a los demás y tenerlos contentos, sintiéndose mercancía manipulada.

Cuando cumplió los 18 años decidió que ya no quería seguir con esa vida propia abandonada en manos ajenas, y habló con su madre. Necesitaba disponer de su existencia. Quería trabajar fuera de casa para una empresa con futuro, prepararse más aunque en aquellos años no dejó de estudiar por su cuenta en casa en los pocos ratos libres que el bebé y los otros trabajos caseros y los que la buscaban, la dejaban. Así aprendió taquigrafía que una vecina piadosa de su situación se ofreció a enseñarla, y mecanografía, inglés, y con todas sus ganas se presentó en una empresa que tenía sucursales por toda la capital de España. Y como además tenía buena presencia y era educada, no dudaron en contratarla. Con esa misma rapidez, le dijo a su madre que avisara a la mamá del niño para que regresara a cumplir con su obligación que era cuidar del hijo que parió y que hacía cinco años dejó en custodia a la entonces niña, con el visto bueno e irresponsabilidad de la madre de la joven.
Era ya tiempo de dejar atrás tanta tristeza, abandono y frustración, para empezar a sentirse persona.

Mientras trabajó en aquella empresa, y debido a su capacidad y disponibilidad, fue ascendiendo de puesto y sueldo, ofreciéndola la directiva la libre elección de sucursal para ajustarse a la necesidad de resolución de sus asuntos personales cuando lo requerían.
Pero su meta iba más allá, quería irse de casa, lejos, a otro país, pues cuando regresó la madre del niño a España no lo hizo sola, se vino con otra hermana más, y como no tenían lugar de residencia, se quedaron a vivir en la misma casa. Ya eran seis personas y las estrecheces volvieron a aparecer. Cuando encontraron trabajo resultó que también los días festivos las ocupaban, y el niño volvía a la tutela de la joven que tras trabajar toda la semana, no descansaba ni los domingos por esa obligación que la seguía restando vida, de la que casi nada disfrutaba.

Harta de ver y padecer ajenas broncas en su casa entre su madre y tías, no podía más, estaba dispuesta a irse del país. El aire en aquella casa se volvió irrespirable por la tensión y discusiones que casi a diario allí se producían. Se matriculó en unos cursos oficiales y obligatorios, por entonces, para las jóvenes que deseaban obtener el pasaporte para trabajar en otro país. Estaba decidida, tenía dieciocho años, se iría a Alemania. Un excompañero de trabajo se había instalado allí recientemente y la invitó a ir, “era una locura, pero mejor eso que nada”, -pensó. El trabajo duro no la asustaba, las carencias tampoco, y a la soledad estaba acostumbrada.
En este proyecto estaba, cuando en aquella empresa conoció a un joven educado y cariñoso, seis años mayor que ella, con el que contraería matrimonio, y con el que aún sigue casada.

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Todos necesitamos de un sueño para seguir viviendo, o corremos el grave riesgo de morir por partes.
Ella continuó no queriendo molestar a nadie para evitar provocar incomodidades ajenas a fuerza de las propias.
Aprendió a ver en los rostros la cara del alma, a valorar en los demás lo que en ella no valoraban, a quererse por si dejaban de quererla como ella necesitaba.
Y se enamoró mil veces, tantas como de ella se enamoraban, sin salir del amor que a su marido le profesaba.
Lloraba, sí, pero las lágrimas lavan, y con ellas se pierde la tristeza y al perderla se halla el camino a la alegría y la dicha de saberse viva, vivida… ¡y gozada!



Geles Calderón

Todos los derechos resevados_Obra protegida_

15 de agosto de 2011

"CORAZÓN SIN ESPALDA" autora: Geles Calderón


(Imagen de HPN)


“CORAZÓN SIN ESPALDA”
Sufrí la presencia
de la atroz ausencia
al buscarte en el dónde
sin encontrar el cuándo,
pero no queda nada
de aquellos todos
cuando por amarte tanto
atrasé mi adelanto.

Maldigo de la memoria
su insistente alerta
de querer revestir
lo que despojé de ropa,
y de credo increíble,
y de arte sin talento,
y del brindis inútil
sobre copa rota.

Ya es tarde para la hora
cuando del reloj niegas
lo cierto de la existencia
del tiempo perdido,
ya el hambre no ansía
ni la descuidada verdad
quiere el aposento
que lleve tu apellido.

Corazón sin espalda
apostando al juego
de negar el eco
de las voces quebradas,
ya no hay remedio,
ya no importa lo que importaba,
la muerte apostó por mí…
¡todas las fichas que jugaba!


Geles Calderón



(Todos los Derechos Reservados)


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